
A La sala de profesores le había leído tan buenas críticas que pensé que sin este libro me perdía una obra maestra. Por eso no tardé en hacerme con él. Lo devoré en un par de horas. Según lo dicho en algunas páginas de internet –que después me he dado cuenta de que no eran más que ejercicios de cortar y pegar con respecto a lo que la editorial, Seix Barral, afirmaba comercialmente del producto-, este escrito era la mejor de las novelas de Markus Orths, que, a su vez, era un digno sucesor de Kafka y de Bernhard.
Me di cuenta de que había caído como un pardillo. Ni se trata de una novela -como mucho es un relato largo de 160 hinchadas con mancha de rueda de bicicleta. Ni es un sucesor de Kafka o de Bernhard más allá de lo que lo es todo escritor centro-europeo que admire a estos dos grandes escritores. No se puede negar que Markus Orths tiene una fluida técnica en cuanto a la escritura, que destaca por una puntuación sugerente y por una velocidad más propia de un thriller televisivo que de un cuento largo. Tampoco sería justo decir que nos encontramos aquí con un texto mal escrito –todo lo contrario-, o que el tema abordado no tiene interés –quizás es uno de los nodos de mayor problematicidad en la crisis cultural actual. Sin embargo, el resultado defrauda las expectativas. Aunque intenta, y en cierto modo lo consigue, construir una mínima sátira cacotópica acerca del totalitarismo que rige hoy en el mundo de la educación, engordado de ideología constructivista, de burocracias absurdas y vaciado de adultos y de maestros, en el sentido en que usaba esta palabra George Singer.
La historia es la de los cinco primeros días de clase de un profesor, Kranich, de inglés y alemán en prácticas en una escuela de sur de Alemania. Su toma de contacto con el medio consigue poner ostensiblemente en juego los cuatro pilares “en los que se basaba todo el sistema educativo: (…) el miedo, los lamentos, la farsa y la mentira” (p. 17), y nos arranca alguna sonrisa a los que hemos trabajado hace relativamente poco en escuelas de primaria, secundaria o bachillerato (incluso tiene resonancias válidas para el mundo universitario). Más allá de la mentira como curiosa base de la educación, descubrimos en el texto algunos de los malos tratos a los que son sometidos los profesores (y aquí descubrimos la internacionalidad del problema): “A las torturas se las denominaba reuniones. Nada de lo que él, el director, decía en una reunión tenía sentido alguno, pero a pesar de todo los profesores tenían la obligación de hacer como si sí lo tuviera” (p. 19). Profesores que, a su vez, han perdido todo sentido del ideal y se han transformado en kafkianos funcionarios. Cosa que se podía vislumbrar en los diálogos que surgían en tales encuentros docentes: “Al final del debate uno se encontraba exactamente como al principio, es decir, confuso. Lo cierto es que los profesores deberían rebelarse y decir lo que pensaban: que no había cambiado nada. Pero preferían morir, los profesores, a abrir la boca, porque todos querían irse a casa, lo único que les importaba era terminar con el debate circular lo antes posible” (p. 20).
Las cotas de miedo se disparan: ante el director, el coordinador, la delación o simple zancadilla del compañero o del alumno, las reuniones, las inspecciones,… Por eso es necesario encontrar mecanismos que alivien el malestar. Es ahí donde aparece en toda su funcionalidad otro de los pilares: el lamento: “¡Qué malos eran los alumnos! No sabían quién era De Gaulle, ni qué significó Vichy, es más, ni siquiera sabían qué sucedió el 1.09.39, escribían Hitler con dos tes, desconocían cuánto había durado la segunda guerra mundial, es más, ni siquiera sabían que había habido una primera guerra mundial, uno podía darse con un canto en los dientes si no escribían gerra en lugar de guerra” (p. 23). Lo que nos lleva a una situación extremadamente anómica en que la motivación para educar no es más que una obliterada mascarada que nos lleva al cuarto de los fundamentos sistémicos, la farsa, según la cual todos fingían en todo momento, de modo que “ya no había diferencia alguna entre el fingimiento y la realidad” (p. 24). Lo cual también tiene su qué en un contexto educativo.
Al final de transitar por este novela corta a uno se le antoja la sala de profesores como un lugar peligroso e inútil, como un cubículo en el que dormitan personajes más parecidos a espías soviéticos fracasados e inoculados de perpetuas manías persecutorias que hombres y mujeres con algo que comunicar a las siguientes generaciones. En un mundo en que la posibilidad de verdad no se contempla, la educación se convierte en un monigote enorme que se agita aleatorio con los vientos del momento. Pero, mucho peor que eso, el auténtico Maelstrom de nuestro tiempo queda sintetizado en la afirmación hecha por Knieman, la veterana profesora de historia, que vive obsesionada por una especie de narcisismo enciclopédico, y que afirma: “una pregunta que no podía responderse no era un pregunta, sino una monstruosidad, un insulto al que se preguntaba, una desfachatez” (p. 109).
Y digo que esta aseveración da la medida de la abisalidad a la que se ve abocado el sistema educativo actual, porque si algo es la educación es el lento y progresivo desarrollo de la humanidad del hombre, mediada por la compañía y guía de amigos, maestros y progenitores, siempre a la luz de un inmenso y apasionante horizonte abierto por una pregunta y un deseo que rebasan constantemente su propia satisfacción. El verdadero drama está pues en la negación del anhelo de ser que habita lo humano, no en la pusilanimidad del bazar de las respuestas ensayadas. Eso digo.
Jorge Martínez Lucena