Seminario: El nuevo hombre en los imaginarios sociales actuales.

Os invitamos al seminario gratuito titulado: EL NUEVO HOMBRE EN LOS IMAGINARIOS SOCIALES ACTUALES.

En él, los profesores Javier Barraycoa y Jorge Martínez, profundizarán en los imaginarios sociales actuales, en primer lugar a través del análisis de la teleserie británica “Black Mirror”.

Los seminarios tendrán lugar en el Salón de grados de la Universitat Abat Oliba, según el siguiente calendario y horario:

1ª sesión: martes 28 de Febrero a las 14:30 h.

Marco teórico de los imaginarios sociales (Conferencia de 45 min. aprox. con preguntas)

2ª sesión: martes 6 de Marzo a las 13:30 h.

Proyección del primer episodio de “Black Mirror”. 14:30 Comentario de 30 min. e intervenciones y preguntas.

3ª sesión: martes 13 de Marzo a las 13:30 h.

Proyección del segundo episodio de “Black Mirror”. 14:30 Comentario de 30 min. e intervenciones y preguntas.

4ª sesión: martes 20 de Marzo a las 13:30 h.

Proyección del tercer episodio de “Black Mirror”. 14:30 Comentario de 30 min. e intervenciones y preguntas.

PARA APUNTARSE sólo hace falta enviar un correo a Albert Gómez Ivars, agomezibars@gmail.com , comunicándole tu nombre y apellidos así como una dirección de e-mail en la que poder comunicar contigo.

Cosas que lamentar cuando ya estás (casi) muerto

¿De qué se acuerdan y lamentan los moribundos? Ante la muerte es inútil autoengañarnos y es uno de los pocos momentos en la existencia en los que puede aflorar la sinceridad. Por eso resulta interesante un sencillo estudio elaborado por  una enfermera, Bronnie Ware, que ha trabajado como enfermera en cuidados paliativos. Durante muchos años ha compartido con sus pacientes las últimas semanas de su existencia. Esta experiencia la ha trasladado a un libro titulado Los cinco lamentos del moribundo, dónde se recogen varias historias de agonizantes y se llega a la conclusión de que casi todos los seres mortales, al final de nuestros días, nos lamentamos más o menos de lo mismo. Ahí van los cinco lamentos:

1. “Me habría gustado tener la valentía para vivir la vida que realmente quería, no la que esperaban otros de mí”. Esta es la lamentación más común de todas. Ella nos descubre que, al final, todos lamentamos nuestra propia hipocresía. Los moribundos no se quejan de que la vida les haya llevado por derroteros que ellos no deseaban, sino que son conscientes de que la vida ha sido resultado de sus propias decisiones. Frecuentemente rechazamos nuestra propia libertad volcando nuestras responsabilidades en factores externos, pero al final simplemente se evidencia la verdad: lo esencial en nuestra vida depende de nuestra libertad.

2. “Me gustaría haber trabajado menos”. Algo en lo que centramos nuestra vida y que relega tantas prioridades, como es el trabajo, al final de la vida queda absolutamente relativizado. La enfermera explica cómo este lamento aparecía en todos los hombres a los que había atendido: “Se habían perdido la infancia de sus hijos y la compañía de sus parejas”. Las mujeres también lamentaban haber perdido mucho tiempo en el trabajo y no haberse podido volcar en su familia.

3. “Desearía haber tenido el coraje suficiente para expresar mis sentimientos”. En un mundo en el que nos preciamos de que todos podemos decir lo que queremos, nuestra conciencia es frecuentemente autoenmudecida. Mucha gente reprime sus sentimientos e ideas para no entrar en conflicto con su entorno cercano. En el lecho de muerte, a las almas moribundas les pesa la vida mediocre y adaptada a la “media mediocre”, por temor al que hubieran dicho o pensado los otros. Por eso uno de los lamentos más comunes es la fanta de sinceridad y honestidad para con uno mismo y los otros.

4. “Me gustaría no haber perdido el contacto con mis amigos”. Las amistades perdidas o  descuidadas también se llora en el lecho de muerte. Ware fue testigo directa de cómo muchos de sus pacientes morían sin poder despedirse de sus amistades, simplemente porque eran incapaces de localizarlas. Al llegar el ocaso de nuestra existencia nos lamentamos profundamente de no haber sabido mantener y cultivar la amistad.  La autora es contundente: “Todo el mundo echa de menos a sus amigos cuando se está muriendo” y continúa afirmando que al final de nuestra vida lo único que nos importa es el amor y la amistad.

5. “Tendría que haberme permitido ser más feliz”. Según la autora del estudio, es sorprendente la cantidad de moribundos que se lamentan por no haber buscado y conseguido la felicidad. Reconocen que se habían adaptado a una “felicidad impostada”,  encerrada en lo cánones sociales, pero que nada tenía que ver con la verdadera felicidad.  Así, afirma la enfermera: “Muchas personas no se dan cuenta hasta el final de sus días de que la felicidad es una elección”.

Una explicación de estos lamentos, concluye Warren, es que: “Cuando estás en tu lecho de muerte no te importa lo más mínimo lo que los demás piensen de ti”. De ahí que estos últimos juicios vitales sean tan importantes. Al final de sus días nadie se preocupa del dinero que ganó o dejó de ganar, nadie se acuerda de los enemigos o de los jefes que le fastidiaron en el trabajo. Nadie se acuerda de su partido político ni de los trillones de tonterías que nos hemos tragado en la televisión. Sólo la amistad y el amor, que confieren la verdadera felicidad, muchas veces perdidos o desaprovechados, son los únicos añorados y lamentados. Los místicos insistían en la necesidad de pensar constantemente en la muerte para reordenar nuestra vida. Ojalá llegáramos al final de nuestros días no lamentándonos de lo que no hemos hecho o perdido, sino alegrándonos de lo que hemos hecho y obtenido.

Javier Barraycoa

¿Canta Wert el “No me llames Dolores llámame Lola”?

El ministro Wert ha anunciado cambios en la configuración del sistema educativo de nuestro país. Como ya había prometido Mariano Rajoy, además de eliminar la Educación para la Ciudadanía, se quitará el último curso de secundaria y se añadirá un año al bachillerato. Algo que, sin duda y en principio, será mejor para los chicos sin ganas de cursar estudios universitarios y con deseos de estudiar Formación profesional y/o de acceder más rápidamente al mercado laboral. Algo que, sin duda y en principio, también será mejor para los chicos que quieran seguir un itinerario universitario, así como para los profesores, ya que alargando el bachillerato se elimina el último curso de la ESO, un curso en el que, según parece, es especialmente difícil hacer clase porque son muchos los chicos que están allí simplemente haciendo tiempo, esperando pasar ese trámite antes de acceder a sus deseados trabajos, haciéndose acreedores de un aprobado aunque solo sea a condición de que no sigan estudios de bachillerato. Así, los tres años de bachillerato, en un mundo idílico, serían cursos consagrados al estudio y a la consolidación de conocimientos, actitudes  y aptitudes necesarios para la universidad.

Pese a la buena noticia, no se puede quedar la cosa ahí, porque los cambios insuficientes no hacen otra cosa, a la larga, que hacernos perder esperanzas y convertir las carencias educativas en males endémicos. Se me ocurre, por ejemplo, que permitir a los chicos un más rápido acceso a la Formación Profesional no servirá de nada si no conseguimos lavarle la cara a ésta en nuestro país. Se me ocurre también que el hecho de que tantos alumnos que llegan a la universidad tengan dificultades para escribir correctamente y leer el castellano no se solucionará con medidas llamativas y populares como la de añadir un año más al bachillerato. Si se han malversado dos años, ¿por qué no se van a poder echar por la borda tres con consecuencias todavía más dramáticas en cuanto a la acedia, la abulia, el tedio y el sinsentido de nuestros cachorros?

Y aquí es cuando hay que echar mano de la experiencia y de los estudios empíricos, como hace Inger Enkvist en su último libro publicado en España, La buena y la mala educación. Ejemplos internacionales (Encuentro, 2011). En él leemos que, en Finlandia, la mitad de los alumnos escogen la Formación Profesional, porque saben que son unos estudios que capacitan realmente para un trabajo bien remunerado en su sociedad. Algo que habría que volver a hablar en nuestro país, haciendo que las escuelas se pusiesen de acuerdo con los empresarios, que son los que contratan desde necesidades reales, y no con la administración y los pedagogos que sólo añaden complejidad, burocracias y entelequias al sistema. También leemos que el problema está en la primaria (y no en el bachillerato), donde se aprende a automatizar la lectura y a entender lo que se lee. Cosa que en Finlandia está clara. Por eso sus maestros están mejor cualificados (muchos de ellos han hecho o preparan sus tesis doctorales), remunerados y reconocidos socialmente que los nuestros. Otra cosa interesante que sale a colación es el importante papel de las familias en la educación de los hijos. Algo que se ve claramente en los estudiantes asiáticos de California, cuyas familias son capaces de cambiarse de casa, barrio o ciudad para que sus hijos reciban la mejor educación y que conminan sin descanso a sus hijos al estudio y al esfuerzo. Algo que en las estadísticas se traduce en que los estudiantes de origen asiático tienen los mejores resultados educativos, independientemente del nivel económico de sus familias… Son muchas las cosas novedosas que se pueden aprender de esta obrita aparecida recientemente. Cosas que nos pueden ayudar a convertir la quimera de la cultura del esfuerzo, esa cantinela educativa recurrente de la derecha española, en medidas concretas y efectivas.

Y pese a todo, lo último que habría que hacer es descargar la preocupación educativa sobre medidas políticas, sobre una nueva ley salvadora que, en un escenario utópico, sería la solución a nuestra crisis, a nuestro problema económico, a nuestro problema cultural, es decir, a nuestro problema educativo. La propuesta del ministro Wert aumenta nuestras posibilidades para educar, pero no nos substituye, porque la educación no es sólo un proceso de civilización, ni el resultado de una técnica, sino que un acontecimiento milagroso y constante: el de la humanización. Algo que sólo funciona por contagio, y que resulta, nada más y nada menos, que epifanía de lo divino.

Por eso desde aquí invito a que no caigamos de nuevo, como solemos caer los españoles cada vez que hay cambio de gobierno, en pensar que con unas mínimas reformas estructurales todo el marrón educativo lucirá como los chorros del oro. Intentemos, por una vez, que no sea cierto eso que corre por Twitter de que “pasar de la Educación por la Ciudadanía a Educación Cívica y Constitucional es como lo de no me llames Dolores llámame Lola”. Pongámonos a pensar qué nos hace humanos. A lo mejor hay alguna sorpresa.

Jorge Martínez Lucena

Publicado en una versión reducida en Diario Abierto

Odd Eiken, Vicepresidente de la red de colegios Kunskapsskolan y ex Secretario de Estado de Educación “Nosotros educamos con cheques”

Su antiguo modelo educativo, que luego imitó la logse, igualaba a la baja. Escarmentaron y los suecos sorprendieron con una reforma que premió la excelencia. ¡Funcionó!

Los suecos no podemos aceptar que el derecho a elegir el mejor colegio para nuestros hijos esté reservado a quienes se lo pueden pagar», explica Odd Eiken, impulsor de la implantación del sistema de bonos, una reforma promovida por el Gobierno conservador y que los socialdemócratas mantuvieron. El Estado da un cheque por cada hijo. La cantidad oscila entre 6000 y 7500 euros anuales, dependiendo del municipio. Todas las familias del mismo municipio reciben la misma cantidad, da igual que su renta sea alta o baja. El cheque cubre al menos el 85% del coste de la escuela. Se puede elegir la que más guste, sea pública o privada. Cuestan casi lo mismo.

para leer más…

http://xlsemanal.finanzas.com/web/articulo.php?id=75100&id_edicion=6907

Una impostura generalizada

Hace unos días iba hacia Barcelona y se inauguraba el curso universitario. En la radio se iba relatando el torrente de protestas de estudiantes y profesores: que si los recortes disminuían la calidad, que si iban a ser 100 alumnos por aula, etc. Me asombraba no el hecho de las protestas –habitual y cada vez lo será más- sino el que también algunos profesores formaran parte de ello (sin su colaboración sería imposible el desastre en el que estamos inmersos). Cuando yo estudiaba, en algunas clases éramos 150, y se estudiaba más que ahora, amén de otros detalles.

En cualquier caso, llegué al lugar al que iba. Me encontré a una encargada catalana, y a unos 40 chavales chinos trabajando. Era la hora del “bocata”, y los 40 jóvenes se tomaban su bocadillo delante del ordenador. Le pregunté a la responsable y me dijo que también ella había dejado de perder una hora desayunando desde que trabajaba con ellos (nótese que ella era ¡la jefa!). Pregunté qué hacían allí, y me contó. Se encargaban de facilitar el asentamiento en Barcelona de todos los chinos que llegan y piden ayuda. Lo financia la embajada china. Tenían entre 20 y 25 años, todos estudiaban carrera o doctorado, tenían conocimientos amplios de informática y hablaban 4 idiomas. Me sorprendí. Eran amables y estaban contentos, sonreían y se ayudaban entre ellos (digo esto porque inmediatamente todos pensamos que son unos desgraciados para defendernos –¿de qué?). “Además” trabajan 7 horas al día para pagarse los estudios.

Al salir, inevitablemente, pensé en nosotros: nuestra refinadas protestas cortando las principales entradas a Barcelona, nuestra indignación contra la masificación, nuestra reivindicaciones por la “calidad”, etc. Entonces, una vez más, me di cuenta de lo fácil que es caer en la mentira en la que nos movemos, y pensé en esos jóvenes que por la mañana se quejaban pensando que así contribuyen a hacer un mundo mejor. Alguien les ha dicho –con éxito- que esa es la vía, que así conseguirán algo. Pero es mentira, porque no han entendido nada de lo que significa estudiar. Agrandan el problema, aceleran el desastre. Deberían estar en la biblioteca estudiando, en silencio. O trabajando 7 horas como los chinos. O estudiando su 4º idioma. Pero no, están –como se ha puesto de moda- “indignados”, y protestan, con una aureola de intelectualidad y progresismo cuyo origen desconocen.

Ya lo decía Passolini hace más de 20 años refiriéndose a los jóvenes europeos de los años 80, en unas reflexiones tituladas “Tan iguales, tan tristes”. Y de ahí lo que tenemos hoy. Sus padres fueron hijos del 68, y ni tan solo la fuerza de la ideología han conseguido transmitir a sus hijos. Indignados, reivindican “derechos” y “calidad”, cuando desconocen el significado de lo uno y lo otro. Por ello su protesta no cae en saco roto, sino que acelera la descomposición de la que, finalmente, ellos serán sus víctimas principales.

Quisiera que se entienda bien que el problema no es de los chavales sin más. Principalmente es un problema de los adultos, de la falta de seriedad de los adultos. Sólo hay que leer los casos que salen diariamente en la prensa en relación a la corrupción de políticos y banqueros (pero podría ser cualquiera que hubiese tenido la oportunidad que éstos tienen).

Pongo sólo un ejemplo, pero que da la idea del ambiente y de la mentalidad, en el fondo, de todo un país que premia la desfachatez y se ríe de la responsabilidad. Hace unos pocos días, la prensa y la televisión se han hecho eco del “error” de la juez Murillo, que ante los sollozos de la viuda de J. Múgica, que vio a su marido morir quemado en su coche, tildó de “cabrones” a los etarras que se reían. De hecho, la jueza lo que dijo fue “pobre mujer, (….) y encima se ríen estos cabrones”.

Los medios se han apresurado a contar que no es la primera vez que sucede. Sucedió por dos veces en sendos juicios a Otegi, y en algún caso más.  Y más de media España está con los “pobres” insultados. Bien, no pasa nada. La jueza se retira del caso porque su insulto demuestra su falta de imparcialidad. Se celebra la “verdad” democrática y espúrea del momento.

Los mayores nos reímos de la verdad, y los jóvenes protestan indignados ante un mundo que no les ofrece garantías, acelerando el desastre. En este contexto, sólo queda buscar y acompañar a aquellos responsables, normalmente silenciosos –ni cortan avenidas ni acampan en la plaza pública- dispuestos a construir algo verdadero.

Porque existen.

Wyatt

Después del 20-N: el reto educativo

Ya han pasado las elecciones, con victoria aplastante del PP y muy buenos resultados de CiU en Cataluña. ¿De qué se trata ahora?  Todos hablan de relanzar la economía, de salir de la crisis, de generar empleo. No es tan sencillo, porque hay que saber cómo. Y las medidas y ajustes no lo son todo. Se podrá recortar –como ha hecho CiU en Cataluña sin desgaste electoral perceptible-, se deberá estimular la demanda y la inversión, etc., pero no será suficiente.

El problema del país es de mentalidad, o sea educativo. Y es que después de hablar mucho de las subprime, de la avaricia, de las agencias de rating, etc., aún queda por explicar cómo ha sido posible todo esto.  Y es que a todo el conjunto de datos económicos debemos añadir los sociales en un sentido más amplio, por señalar algunos: la baja natalidad –y sus consecuencias económicas y sociales-, el bajo rendimiento escolar del país, la elevada tasa de divorcios, etc. Todos ellos factores de desintegración social. Datos que la realidad nos ofrece como regalo para entenderla mejor.

Son muchísimos los elementos que revelan que esta crisis es distinta. De hecho, muchas voces autorizadas dudan de la capacidad “moral” para salir de ésta, o dicho de otro modo, de si seremos o no capaces de estar a la altura del reto que tenemos delante. Y es que no es para menos.  Quizás el tema sea más “intelectual” que moral, por decirlo de algún modo. Es una crisis de nuestra “humanidad”, de la de cada uno.

De hecho, en la campaña electoral el tema educativo ha brillado por su ausencia, excepto por algún detalle poco significativo. El dilema público-privado, popular-elitista, etc., ha sepultado la verdadera cuestión de fondo: la bajísima productividad de la enseñanza en España. La educación sigue siendo un ámbito ajeno a cualquier evaluación o control de calidad (que tenga consecuencias, claro). Parece que  su gratuidad (mito) y su universalidad  están por encima de cualquier otra consideración. En otros países, esto es impensable.

Pues bien, el reto que tienen tanto CiU como el PP  son muy parecidos: cambiar un sistema educativo que es, en gran parte, responsable de la situación en la que nos encontramos. Y esta no es una tarea más, sino “la tarea”. Educar a una “nueva” generación de hombres, o sencillamente –como defendía Esperanza Aguirre hace pocos días- instruirles bien, y dejar libertad para que otros ámbitos eduquen. Aquí se juega el futuro de todos.

Ello conllevará reconsiderar toda la mitología del mundo educativo de los últimos 30 años, que se ha paseado imperturbable sobre sus propios y repetidos fracasos sin pedir nunca perdón. Pero no sólo eso, sino también todos los paradigmas culturales dominantes que han vaciado de contenido las experiencias más fundamentales de la vida: vivir, conocer, etc.  Estos paradigmas se han mostrado incapaces de generar a largo plazo e inútiles para afrontar la realidad cuando esta es adversa.

La crisis, aunque sea algo políticamente incorrecto decirlo, nos vuelva a situar forzosamente en la realidad real, nos obliga a un ejercicio de responsabilidad, dejándonos claro a todos, políticos incluidos, que la políticas de papel no llevan a ningún sitio, y que con la que está cayendo esas políticas no harán sino acelerar la debacle. Se impone el realismo, o seguir deslizándonos hacia la nada.  Empecemos por educar.

Lluís Seguí

De la crisis económica a la oportunidad del instante imprevisto

Entrevista a Luis Rubalcaba, catedrático de Economía, en PáginasDigital.es (15/11/2011)

¿Qué está pasando en la economía? ¿Por qué estamos donde estamos con 5 millones de parados? ¿Por qué las noticias nos asaltan cada día con una nueva preocupación, antes Grecia, ahora Italia…? ¿Nos podrías aclarar un panorama que resulta confuso? ¿Cómo podremos salir de la crisis? y, por otra, ¿Qué luz arroja el manifiesto de CL a la situación económica actual? ¿Por qué puede resultar pertinente en el contexto económico existente?

Para ver la entrevista completa:  http://www.paginasdigital.es/v_portal/informacion/informacionver.asp?cod=2601&te=15&idage=4991&vap

Sobre el debate Rubalcaba-Rajoy: cuando la política es todo

Por fin llegó el esperado debate electoral,  el cara a cara entre Pérez Rubalcaba y Rajoy. Y la vida sigue. Rubalcaba ha sido más preciso, más concreto. Rajoy más centrado en cuestiones de fondo, en la importancia del empleo como motor de la economía, sin concretar demasiado y con ambigüedades. Después del debate, cada uno declara vencedor a aquel por el que apostaba antes de empezar. Todos viviendo del análisis.

Y es que la política es todo, y de eso adolecen ambas partes, y la mayoría del país. Rubalcaba prometiendo cosas que no ha  hecho –si no ha hecho lo contrario- siendo vicepresidente del gobierno de Zapatero. Hombre sin historia ni tradición, que acaba apelando al aborto y al matrimonio homosexual como sus grandes conquistas sociales. Y Rajoy calla, porque también es hombre sin tradición y por ello no sabe replicar. Tiene valores, principios, y no ha dejado de acusar al candidato socialista de lanzarle insidias, pero el origen de esos valores le queda lejos. No ha querido hacer una defensa de la familia, ni del no nacido, porque sería blanco fácil. Porque no ha sabido apelar a qué es la libertad y cómo su uso construye o destruye a las personas –y con ellas al país. Esta dinámica entre lo personal y lo social, capital para todos, ha sido la gran ausente.

Porque España acaba siendo esto que se llama el estado del bienestar cuando la cantidad de gente medicada contra la depresión no deja de crecer, cuando las familias se rompen por doquier, y cuando cada vez más niños y chavales no saben par que van al colegio o a la universidad. Y es que el nihilismo no existe para ninguno de los candidatos como dato existencial. Quieren asegurar pensiones para gente que ya no querrá vivir. La misma razón por la que la natalidad es tan baja –ninguno de los dos lo ha mencionado-, poniendo en claro riesgo la producción y las garantías sociales.

Rajoy también ha callado frente a la acusación de querer privatizar la sanidad y la economía, a lo que ha respondido que también el PSOE lo ha hecho, con la sanidad. Y otra vez es lo mismo: se olvida la libertad. Si la iniciativa social llega a construir hospitales y colegios, no sólo está en su derecho, sino que le ahorra mucho dinero al estado y garantiza una gestión más eficiente de los recursos. No hay que defenderse de ello ni negarlo, no es necesario. Sí es necesario comprender su dinámica y las razones de ésta.

Sólo desde una adecuada comprensión de lo humano se puede uno medir con la realidad – no con el otro candidato, que es con quien se medían ambos.

Dos minutos se le ha dedicado a la educación. La clave, dicen, es la economía, como si esta no dependiese de los hombres que la hacen, de cómo estos se conciben a sí mismos viviendo en sociedad.

Y por último, la Iglesia ni ha aparecido. Y es que cuando la política es todo, no hay lugar para el Misterio.

Wyatt

La pusilanimidad de la sala de profesores

A La sala de profesores le había leído tan buenas críticas que pensé que sin este libro me perdía una obra maestra. Por eso no tardé en hacerme con él. Lo devoré en un par de horas. Según lo dicho en algunas páginas de internet –que después me he dado cuenta de que no eran más que ejercicios de cortar y pegar con respecto a lo que la editorial, Seix Barral, afirmaba comercialmente del producto-, este escrito era la mejor de las novelas de Markus Orths, que, a su vez, era un digno sucesor de Kafka y de Bernhard.

Me di cuenta de que había caído como un pardillo. Ni se trata de una novela -como mucho es un relato largo de 160 hinchadas con mancha de rueda de bicicleta. Ni es un sucesor de Kafka o de Bernhard más allá de lo que lo es todo escritor centro-europeo que admire a estos dos grandes escritores. No se puede negar que Markus Orths tiene una fluida técnica en cuanto a la escritura, que destaca por una puntuación sugerente y por una velocidad más propia de un thriller televisivo que de un cuento largo. Tampoco sería justo decir que nos encontramos aquí con un texto mal escrito –todo lo contrario-, o que el tema abordado no tiene interés –quizás es uno de los nodos de mayor problematicidad en la crisis cultural actual. Sin embargo, el resultado defrauda las expectativas. Aunque intenta, y en cierto modo lo consigue, construir una mínima sátira cacotópica acerca del totalitarismo que rige hoy en el mundo de la educación, engordado de ideología constructivista, de burocracias absurdas y vaciado de adultos y de maestros, en el sentido en que usaba esta palabra George Singer.

La historia es la de los cinco primeros días de clase de un profesor, Kranich, de inglés y alemán en prácticas en una escuela de sur de Alemania. Su toma de contacto con el medio consigue poner ostensiblemente en juego los cuatro pilares “en los que se basaba todo el sistema educativo: (…) el miedo, los lamentos, la farsa y la mentira” (p. 17), y nos arranca alguna sonrisa a los que hemos trabajado hace relativamente poco en escuelas de primaria, secundaria o bachillerato (incluso tiene resonancias válidas para el mundo universitario). Más allá de la mentira como curiosa base de la educación, descubrimos en el texto algunos de los malos tratos a los que son sometidos los profesores (y aquí descubrimos la internacionalidad del problema): “A las torturas se las denominaba reuniones. Nada de lo que él, el director, decía en una reunión tenía sentido alguno, pero a pesar de todo los profesores tenían la obligación de hacer como si sí lo tuviera” (p. 19). Profesores que, a su vez, han perdido todo sentido del ideal y se han transformado en kafkianos funcionarios. Cosa que se podía vislumbrar en los diálogos que surgían en tales encuentros docentes: “Al final del debate uno se encontraba exactamente como al principio, es decir, confuso. Lo cierto es que los profesores deberían rebelarse y decir lo que pensaban: que no había cambiado nada. Pero preferían morir, los profesores, a abrir la boca, porque todos querían irse a casa, lo único que les importaba era terminar con el debate circular lo antes posible” (p. 20).

Las cotas de miedo se disparan: ante el director, el coordinador, la delación o simple zancadilla del compañero o del alumno, las reuniones, las inspecciones,… Por eso es necesario encontrar mecanismos que alivien el malestar. Es ahí donde aparece en toda su funcionalidad otro de los pilares: el lamento: “¡Qué malos eran los alumnos! No sabían quién era De Gaulle, ni qué significó Vichy, es más, ni siquiera sabían qué sucedió el 1.09.39, escribían Hitler con dos tes, desconocían cuánto había durado la segunda guerra mundial, es más, ni siquiera sabían que había habido una primera guerra mundial, uno podía darse con un canto en los dientes si no escribían gerra en lugar de guerra” (p. 23). Lo que nos lleva a una situación extremadamente anómica en que la motivación para educar no es más que una obliterada mascarada que nos lleva al cuarto de los fundamentos sistémicos, la farsa, según la cual todos fingían en todo momento, de modo que “ya no había diferencia alguna entre el fingimiento y la realidad” (p. 24). Lo cual también tiene su qué en un contexto educativo.

Al final de transitar por este novela corta a uno se le antoja la sala de profesores como un lugar peligroso e inútil, como un cubículo en el que dormitan personajes más parecidos a espías soviéticos fracasados e inoculados de perpetuas manías persecutorias que hombres y mujeres con algo que comunicar a las siguientes generaciones. En un mundo en que la posibilidad de verdad no se contempla, la educación se convierte en un monigote enorme que se agita aleatorio con los vientos del momento. Pero, mucho peor que eso, el auténtico Maelstrom de nuestro tiempo queda sintetizado en la afirmación hecha por Knieman, la veterana profesora de historia, que vive obsesionada por una especie de narcisismo enciclopédico, y que afirma: “una pregunta que no podía responderse no era un pregunta, sino una monstruosidad, un insulto al que se preguntaba, una desfachatez” (p. 109).

Y digo que esta aseveración da la medida de la abisalidad a la que se ve abocado el sistema educativo actual, porque si algo es la educación es el lento y progresivo desarrollo de la humanidad del hombre, mediada por la compañía y guía de amigos, maestros y progenitores, siempre a la luz de un inmenso y apasionante horizonte abierto por una pregunta y un deseo que rebasan constantemente su propia satisfacción. El verdadero drama está pues en la negación del anhelo de ser que habita lo humano, no en la pusilanimidad del bazar de las respuestas ensayadas. Eso digo.

Jorge Martínez Lucena

Poco más que un leve constipado sistémico

El pasado 15o pasó, como un leve constipado sistémico. Nueva York y el movimiento Occupy Wall Street han avivado las cenizas de aquella revuelta ciudadana que brilló mediáticamente hace escasos meses en nuestras plazas. No quiero aquí jugar a la pitonisa prediciendo si este nuevo acceso de malestar social, esta vez globalizado, va a durar más o menos –para eso ya tenemos al amigo Bauman-, sino fijarme en un punto del curioso discurso que, hace escasos días, hizo Slavoj Žižek en Nueva York, rodeado de sus adeptos, que hacían de coro de su esperanzador mensaje.

En el espíritu de tal perorata uno está de acuerdo. Creo, sinceramente, que es posible un cambio y que el mayor opositor de esta deseable posibilidad no es otro que nuestra mentalidad, introducida en nuestras mentes por la sigilosa biopolítica, a modo de acrítico aburguesamiento. Sin embargo, contra lo que sucede en USA, me parece que, en el caso de España, nadie se escandaliza de que haya que dar dinero a la sanidad, sino todo lo contrario. Sólo hay que ver la que se está liando en Cataluña con los recortes sanitarios del nuevo gobierno de CIU. Y la que se liará en España tan pronto como gane las elecciones Rajoy y surja su implacable tijera, que hasta el momento no ha sacado a relucir. Se ve, pues, que nuestro modo de ensimismarnos es distinto que el de los norteamericanos. Allí, para la desdicha de tantos, la sanidad es mayoritariamente privada. Aquí la Seguridad Social ejerce de nuestro ángel de la guardia, aunque, paradójicamente, se convierte en uno de los gastos que más estrangulan nuestra economía. Sin embargo, en esta internacional de los conmovidos por la crisis, parece que todos nos unimos en una especie de hegeliana Aufhebung, oponiéndonos a un místico y abstracto sistema, que nos hace buenos frente al más común y horrible de los malos, llámese este mano invisible, Leviatán, Sauron o Especulator.

Pese a esta supuesta comunión de la masa, me llama la atención el hecho de que ese malísimo no es tan unívoco como se nos quiere vender. Como entresacamos de Bauman, tenemos, por un lado, al socio global, que no es otro que ese abstruso sistema financiero, que da mascarada a las tropelías económicas de los más ricos (y de los que no lo son tanto), a través de un dédalo de artimañas sólo para iniciados. Pero, por el otro, descubrimos también al socio local, el político, que, sobre todo en algunos países europeos, da cobertura legal al convoluto generalizado y asume ese modus operandi del capitalismo de ficción, consistente en el despiporre en cuanto al gasto público y a la peligrosa deuda. Parece, entonces, que aquí cada Quijote enviste contra su molino, y que más que guiados por la solidez del pensamiento, nos ensartamos en cuitas infantiles y nos despistamos a nosotros mismos con enfurruñamientos basados en vaguedades teóricas. Más claro el agua: estamos indignados sí, pero ¿va a ser posible evitar que estas reivindicaciones caigan en el olvido? Žižek nos pide ayuda para que eso no suceda -entre otras cosas porque si así sucediera se verificaría la falsedad de esa inquebrantable unidad de la muchedumbre que él compara con el mismísimo Espíritu Santo. Y, sin embargo, Bauman argumenta que esto durará no más de dos telediarios debido a la tremebunda y líquida disparidad, tanto en cuanto al análisis del problema como a sus posibles soluciones, y a la endémica horizontalidad anti-liderazgo que acredita sustantivamente al movimiento en cuestión.

Por todo esto, pese a las utópicas y simpáticas cavilaciones anti-sistema, soy de la opinión de que la exclusiva de la culpabilidad del entuerto no la tienen ni el  Estado del Bienestar ni la desregulación de los mercados financieros. Habría en esto que reaprender a hacer aquello del mínimo común múltiplo. Porque si no clarificamos ni siquiera cuál es el problema, la cosa se complica todavía más a la hora de ponerse de acuerdo en cuanto a las medidas a tomar. Como dice el best-seller Hessel, no basta con indignarse, hay que comprometerse. Pero con qué.

Jorge Martínez Lucena